martes, 2 de septiembre de 2008

Bienvenidos al Camping Internacional La Marina - Parte 2: Sensaciones, y el planning.


Al fin, allí estábamos.

Sentados en la orilla de la piscina, tomando el sol, escuchando música de fondo y el jaleo propio de las conglomeraciones de gente. Vocablos del inglés, francés, alemán, portugués y español se fundían en un tranquilo y sedante ruido, acompañado del burbujeo de la cascada, el sonido de los pájaros en las palmeras y los chiquillos tostados salpicándose en las piscinas. La paz... al fin, mi paz en medio del caos. La paz mental, tranquilidad absoluta, armonía conmigo mismo y con el mundo, dejar que todo fluya a mi alrededor, sin que me importe nada. Dejo de ser yo, doy paso a un Gato mecánico. No hay pasado, ni presente, ni futuro, todo me da igual durante unos días. Los recuerdos se borraron, las expectativas desaparecieron, no tengo miedo a la opinión de los demás, allí cada uno es un ente autómatico, que decide según el momento, no piensa, actúa.

Ya, he vuelto en mi, perdonad por las tonterías de antes. Es cierto que no llego a ese nivel espiritual, místico o mental muy a menudo, pero en ocasiones allí lo siento. Cuando me subo a la terraza a leer, o cuando estoy sentado en la arena que véis arriba, con el ancho mar en frente, me siento libre. No me acuerdo de nadie, ni de quién soy, porque soy todo. Soy la gaviota que vuela e intenta cazar un pececillo en el mar. Soy ese pececillo indefenso, pero rápido y ágil, que escapa de las garras del ave, y vuelve con su banco de semejantes. Hablando de bancos, soy también ese banco, el de la entrada del camping, donde todos se sientan, mayores y niños, jóvenes y jóvenas, y se suceden conversaciones históricas diariamente. Soy el sol que quema los cuerpos de los chicos que juegan al fútbol, que hace que las chicharras griten al mundo su agonía ardiente intentando sofocar el calor. Soy la brisa que los alivia del sufrimiento, pero que levanta la punzante arena que se mete en los ojos desprotejidos. Soy todo... y no soy nada.

¿¿Pero qué diablos me pasa hoy, que sólo digo tonterías?? Venga, va, Gatito, que te vas a quedar sin lectores...

Todos los días hacía lo mismo: por la mañana me levantaba sobre las 10 y media o 11, y como siempre soy el último en todo, me tocaba limpiar los platos del desayuno. Pero eso si, como un clavo, a las 12 ya estaba en la piscina tomando el sol con Roberto, quien venía en ocasiones a buscarme desesperado. Allí pasábamos la mañana tumbados, leyendo en las hamacas... siempre las mismas, lo más lejano de la piscina, rodeado de palmeras... al lado de unos motores, pero un buen sitio donde siempre hacía sombra. O en los escalones tomando el sol, o en los puentes que cruzaban sobre las piscinas viendo el paisaje... o jugando en las piscinas mismas. Pero llegaba la hora de comer, sobre las 2 nos separábamos de él y nos dirigíamos a nuestra parcela, la doscientos y pico, bastante lejos de las piscinas (y es que el camping es muy muy muy grande...). Mi padre acaba de llegar de dar su paseo matinal por la playa, mi madre está poniendo agua a hervir, y comienza el bullicio en nuestro pequeño apartamento. Secando platos, cocinando, poniendo la mesa, cambiándonos, limpiando el lugar, poniendo música, haciendo el tonto... disfrutando de la vida familiar en vacaciones. Estaba bien, muy bien... me gustaban esos días. Sólo faltaba una cosa. ¿Acaso hace falta decirlo una vez más?? Pues si, faltaba un chico al que querer. Lo necesito urgentemente... interesados, aquí al ladito tienen mi msn... pero ojo, que sean de Málaga, ehh?? Que para buscarme a otro más lejano que eGeo estoy yo, vaya...

Pero el día no se acaba en el almuerzo, no. Después del alimento, mi padre se dormía en su sillón de tela, mi hermana y Miriam en sus colchonetas de la playa dispuestas en el suelo, mi madre leía... y yo me metía dentro de la caravana, a jugar al Castlevania en la PSP, escuchar música, leer, o simplemente pensar. Sobre las 5 salía desperezándome, en muchas ocasones porque Roberto venía a buscarnos, y nos largábamos a la piscina, hasta que el cuerpo aguantase. Otras, venía a recogerme para irnos a la terraza situada en segunda planta del restaurante, con vistas a la piscina y a lo lejos el infinito mar, leíamos, hablábamos o nos picábamos con partidas al Tekken acompañados de bebidas alcohólicas sin alcohol. Al anochecer, nos duchábamos, cenábamos, veíamos un poco la tele, y comenzaba la fiesta.

Nos cambiábamos rápidamente. Perdón. Rectifico. Yo me cambiaba rápidamente... las chicas tardaban su media hora en arreglarse de forma mínimamente aceptable. Sobre las 11 subíamos (porque estaba en lo alto) a la zona de entrada y recepción. A la derecha de las barras levadizas, una gran terraza-bar-cafetería bajo techado se abría ante un escenario, donde los animadores del camping actuaban según lo que tocaba ese día. Juegos con globos, musicales, más juegos de todo tipo, temáticos (del oeste, noche de Drag Queens, karaoke)... todo, claro está, contando con la participación del público. Ellos eran los protagonistas... los animadores los cogían de entre el público, o subían voluntarios, y ellos eran los partícipes de todos los juegos. Bastante buenos, muy divertidos, porque en esas noches de humor se juntaba de lo bueno, lo mejor. Y, a las 12 menos cuarto, cuando terminaban los juegos... acontecía lo que todo el mundo esperaba con ansia. Los bailes del camping. Coreografías divertidas montadas por los animadores sobre canciones graciosas y fácilmente bailables. Se dividían dos grupos... uno en el escenario, que se llenaba de decenas y decenas de personas voluntarias que quería verlo todo desde otra perspectiva sin miedo al ridículo (si, vale, yo también subí en muchas ocasiones...), y otro detrás de las mesas, a unos 50 metros, en la carretera de entrada, incluso más numeroso que el anterior. Todos bailaban las canciones, dos o tres, siempre las mismas, con precisión milimétrica y con una sincronización militar, de ésta manera se malgastaban las últimas fuerzas del largo día.

Eso, para los mayores. Para nosotros, la juventud, la noche no habia hecho más que empezar. Después de los bailes, sudorosos, nos tomábamos unas Coca-colas, jugábamos a las cartas o hablábamos intentando disuadir el calor. Luego, empezaba la marcha. Encima del restaurante, al lado de la terraza, han construido este año una discoteca, una discoteca pura y dura, de verdad. Sólo faltan las barras verticales, para hacer streaptease. Muchas luces en el techo, bolas de espejos, focos, haces de luz que recorrían la estancia, iluminado fugazmente a cómodos sillones, sofás y pufs que se distribuían en una esquina. Suelo negro, paredes negras y junto a ellas algunas sillas altas con sus mesas, y en la otra pared, la de la derecha, un pequeño bar... pequeño, pero caro. Una Coca-Cola de 200 mililitros, 2'50 euros. Ahora sé lo que es ir de fiesta a las discotecas. Pero algo falta... todo, hasta el guardia de seguridad, se movía al son. A un único son, el de la música. Música de todo tipo... todos remix y modificaciones, poco original. Lo mismo te mezclaban un "Sarandonga, noh vamoh a comé, sarandonga, un arró con bacaláo" que un "Yo lo que quiero es que todas me coman la... pi pi pí pipi pí pipi...", con un "Son de amoreee" de Andy y Lucas horterizado hasta el infinito (y mira que ellos son horteras, madre...), y otro poco de "aserejé, já, dejé, dejebe tu de jebe..." Esa ya os la sabéis, no lo neguéis... que en ciertas navidades la habéis bailado con toda la familia... Y dicen que tienen un mensaje maligno del más allá... del infierno... bueno, en ese caso, del más acá, porque realmente piensas que nada puede ser peor cuando escuchas reggaettón puro y duro pidiéndote, papi chulo, gasolina al volumen máximo. Esos momentos, Roberto y yo, como personas decentes que somos, los aprovechábamos para tomar el aire en la terraza. Hasta que el guardia nos echaba, o veíamos que la calidad musical había variado a mejor, que no siempre ocurría. Volvíamos adentro, a bailar y mover el esqueleto. Si, bailé. Como un pato, patético, pero bailé. Sobre ello, ya hablaré mañana.

La discoteca la cerraban a las 3... pero ciertamente, pocas, sólo unas 4 veces, nos quedamos hasta esta hora. Normalmente, bajábamos sobre las 2, o antes o después, porque mi hermana se sentía demasiado cansada. Miriam no... a Miriam no había quién la parase. Qué bien se mueve, la tía!! Se le notan las clases de baile, y provenir de un país con la mayor fábrica de filmes musicales del mundo, que es Bollywood (y me encantan esas películas, oye, qué pena que no sean muy accesibles!). Yo, mal, como siempre... pero tuve un consuelo. El de los tontos. Que Roberto baila peor aún que yo. Pero una cosa me fastidiaba... a mi me daba vergüenza, y a él no! Hasta que aprendía refrenarla... total, estaba pasando unos días en un sitio apartado de mi ciudad, donde nadie me conocía, y nadie se preocuparía de ir cuchicheando lo mal que se mueve este chico. Ah, una cosa que tengo que decir antes de irme. Que mi hermana y Miriam, las grandes bailarinas, dicen que yo me muevo muy bien. No sé si es verdad o no... como tampoco sé si es humildad y modestia que yo me empeñe en decir que lo hago mal... o si es la verdad pura y dura, que a mi no me la dan con queso. (Con salchichas quizás).


Un besazo a todos...

Continuará!

PD: Laurita... no querías leer desayunando?? Pues seguro que has tenido que repetir... porque escribir, he escrito tela!! Lo siento, jiji! Un beso guapa!

2 comentarios:

Oso dijo...

¿Sin lectores? ¡No creo! A mi me encanta cuando coges esos vuelos poéticos, chaval.

Rey del Recorte dijo...

¿Budismo y discoteca? Es curioso, pero a pesar de todo me pega jajajaja.

Besote, RDR